miércoles, 21 de abril de 2010

13

Tres de la mañana de una noche cualquiera de diversión. Las noches de diversión no son como cualquier noche para mí. Al menos no son tan comunes como para otra gente. Son inusuales. Supongo que son “cualquiera” para la gente que vive en esas noches, no es mi caso. Soy muy ente.

Bien, eran las tres de la mañana, y no había mucho por hacer. El cuadro se conformaba de tres personas: Hernán, un chico alto, charlatán y fumador. Fumaba mucho y sabía sacarle formas al humo de sus Marlboro. Los anillos eran su especialidad. Hablaba y hablaba. Le gustaba hablar, de él generalmente, de sus conquistas amorosas. Tenia bien ganado el respeto del grupo de amigos que esa noche no estaba. Yo lo respetaba porque sabía hacer aros de humo.

Diego, el alegre Diego. Siempre ahí para levantarte el ánimo, a veces ermitaño, perdido. Bohemio, amante del jazz. Comprador compulsivo de discos de Miles Davis y Ellington. Vivía en la atemporalidad, fuera de toda línea cronológica común al resto. Su casa era linda y elegante; lo representaba bien. Ah, siempre olía bien. Nunca le pregunté que perfume usaba, no sé a que olía.

Y por último, yo.

El lugar era un barcito, en una calle perdida de Devoto. Ninguno de los tres había estado antes allí, en ese bar, pero tenía todo lo que queríamos: cerveza fría y pool. Suficiente excusa como para ocupar sillas, reír y compartir cosas. Nada del otro mundo, como dije, una noche cualquiera de diversión.

Nunca tuve bien en claro cómo ser ante la gente. Eso debe de ser porque nunca supe bien quien era. Yo sabía quienes eran ellos. Los quería, eran amigos, y aunque nunca se los supe decir, sabía que ellos lo notaban. Y ahí estábamos: los anillos de humo, Miles Davis, las risas y la maldita bola ocho que se empeñaba en caer antes de tiempo.

Ronda de cervezas. Una, dos, tres, cuatro, otra?, cinco, seis, cuanta plata tenemos?, siente, ocho, risas, basta.

A los tumbos, y con el alcohol a cuestas nos levantamos. “Chau”.

La calle estaba más oscura que la última vez que la había visto...

“Y ahora?”

“Qué? A caminar.”

Tenía razón, era suficiente con caminar.

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