martes, 4 de mayo de 2010

18

Era fría, pero aún conservaba algo de la calidez de épocas pasadas, cuando era mas inocente, menos herida. Única entre todas, le causaba admiración. Fue amor a primera vista sólo para él, claro, porque ella ni siquiera se enteró de su existencia. Y no hubiese podido porque era algo que estaba muy por debajo de ella. Dejando de lado las posibles circunstancias que podrían ser las causales de tan ¿singular? episodio, basta con saber que esa relación nunca triunfaría.

¡Ah! pero nuestro Romeo no iba a fracasar tan rotundamente.

Y es que bastaba con extender su mano al cielo para tocarla. Sensación (es) sublimes, piel en frío, corazón ahogado, grito de a pedazos, felicidad hecha expresión en su rostro.

Y por supuesto, un loco para los demás ocasionales mirones de turno. Todo eso fue.

Tenía seis horas para conquistarla, para hacerla suya. Era medianoche y sabía que jamás la volvería a ver, cuando llegase el amanecer ella tendría que partir y no había nada en el mundo que pudiera retenerla.

Pero, ¿Cómo hacerle entender su amor a la Luna, a esa noche de la que se enamoró?

El hombre enamorado de la noche esa no tenía respuestas a tal interrogante. Y su más cercana compañía (una botella de vino, una de muchas aquella noche) no podría hacer demasiado para ayudarlo. -A ver- dijo finalmente, mientras se sacudía la borrachera, - Te amo - alcanzó a decir. Cuando lo dijo se sintió muy ridículo, porque no pudo descifrar la cara que puso Su Noche (era suya, al menos el la reclamó para sí mismo) y así se quedó tirado en la vereda, esperando alguna señal.

La calle estaba vacía, no mucha gente pasaba por allí. Mucho menos de noche. Era una paralela a una de esas grandes avenidas por las que todos caminan y se sienten mas seguros. La luz, mas comercios, mas autos... esas boludeces por las que uno elige ese camino. De manera que el joven podía pasearse (él y su borrachera) sin mayores incidentes.

Estaba donde quería. Sin darse cuenta, de tanto mirar las estrellas y apreciar a la Luna mientras nubes oscuras le daban esa impresión de que, efectivamente, ¡el mundo estaba girando! (o eso era lo que quería creer) empezó a quererla mas que a otras.

Fue eso, y también el pedo de diez que tenía (no, no hay por qué ocultarlo) lo que lo dejaron en un estado de libertinaje absoluto. Cuando nada te importa, debería ser común que te puedas enamorar de una noche como esa.

Obviamente, pasaron las horas (las botellas también, porque así como no renunciaba a perderla, no renunció a seguir tomando) y se ensombreció cuando con el pasar de las horas, Su Noche se iba desdibujando y no era ya, la hermosa luna, las estrellas brillantes, las nubes que giraban, el mundo que giraba...

Todo se iba a la mierda y ella nunca lo escuchó. No pudo hacerse entender.

Devolvió como pudo, arrastrando los pies, el último envase (la última botella) y se fue a dormir. Cuando llegó a su casa, Su Noche, ya no existía.

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